MI MUNDO ES EL TEATRO

miércoles, 15 de junio de 2016

PRIMAVERA EN PRIMERA PLANA

Aquella primavera fue primera plana. Todos de gala saludando en la escalinata. 
Su marido tan estirado dentro del esmoquin. 
Los aburridos discursos políticos y sus enormes ganas de romper a gritos tanta mentira. 
Se arremangó el vestido y a horcajadas se deslizó por la barandilla de brillante madera, 
mientras los fotógrafos la retrataban a ella, y los rostros indignados de sus señorías.



 imagen:La fiera de mi niña

domingo, 12 de junio de 2016

EL LIBRO TRISTE

Era un libro triste, porque nadie lo pedía, aguardaba una voz humana que dijese su nombre o el de su autor,
pero pasaron los años y no sucedió.
Se acostumbró a estar en la última estantería, a decir "adios" a libros mucho más nuevos, escritos por autores más jóvenes
que su creador.
En el fondo se alegraba, se había acostumbrado al olor
de aquel recinto plagado de hijos de la imprenta.
No protestó cuando el polvo se fue acumulando sobre su lomo marrón que poco a poco se fué volviendo gris.
Tampoco lo hizo, cuando lo colocaron en aquel cesto
frente a la entrada, con el letrero de "Oportunidades"
Durante un tiempo, tuvo el placer de sentir el roce de muchas manos, que musitaban su nombre y ojeaban su interior, no sin un cierto rubor por su parte, porque, era como si le desnudasen,
sin prestarle atención.
Había perdido toda esperanza abandonado en el fondo del cesto,
entre cuatro colegas de auto-ayuda, y uno de cocina libanesa cuando unas jóvenes manos le tomaron con cuidado y su voz le sonó a música.
-¿Y este libro también cuesta un euro?
-Si ya sólo me quedan esos, se los puede llevar todos por cuatro euros.
-No, gracias, sólo me interesa éste.
A punto estuvo de que se le saltaran las tapas, tanta fue su emoción, que no podía creer que le envolvieran en aquel papel, para salir definitivamente de la librería.
Luego escuchó a su nuevo dueño hablar por teléfono con alguien,
-Montse, ¿Recuerdas aquel libro de poesía que no encontrábamos
por ninguna parte porque estaba descatalogado? Si el que nos mencionó tantas veces que fue su primer poemario...
¡Lo acabo de encontrar en una librería de viejo y sólo me ha costado un euro! ¿Te lo puedes creer?
Mañana se lo regalaremos al profesor, estará loco de contento.

 


 imagen:W. Suschitzky

sábado, 20 de junio de 2015

SOLO SE MUERE UNA VEZ

Aquello de morirse, no le había dolido nada. 
Ciertamente no recordaba cómo había sido, pero que estaba muerta, era evidente. Tenía frente a si su cadáver, a sus hijos y amigos con caras largas y a dos o tres personas muy amadas, que no estaban para atender a nadie, ni tan siquiera a sus restos. 
Sin sorpresas se dio cuenta de que no le habían hecho ningún caso -claro que nunca se lo hicieron- Siempre dijo que no quería flores...y toma ramos y más ramos, que no quería himnos, y no paraba de sonar algo así como el hilo musical en clásico y con ruidos metálicos de fondo.
A ella lo que le gustaba era el Jazz, o el blues...eso un blues llorado por Etta James o Bessie Smith.
En fin ni muerta podía tener  lo que había pedido.
Vio con espanto ir de llorona a Josephine, que de no haber muerto (seguía sin recordar cómo) habría sido capaz de envenenarla con uno de sus lamentables escritos.
Realmente eran letales, regalar un libro de Josephine era jugar a envenenar rápidamente con las intragables historias.
Tenía éxito la mala pécora, aunque siempre escribía el mismo tema, con diferentes situaciones geográficas. La gente compraba sus libros y ella alardeaba de ello con una soberana, lógica e inaguantable prepotencia, si bien, seguía envidiando a quienes con menos ventas, eran tratados como mejores escritores.
Siempre la misma historia:
Chica buena se enamora de hombre muy hombre (cosa normal, no va a ser un hombre muy mujer, salvo que fuese gay) pero no, ella siempre tan hetero, decía que chica buena...y entonces sale la chica mala malísima, pero libidinosa, descarada y además, un bellezón imposible de describir.
Cambiando de Chicago a Honolulú o poniendo el triángulo en el siglo XVIII, reescribía la misma historia o hacía copia y pega en el ordenador.
Vio entrar cariacontecido a su editor.
Secándose el sudor -siempre sudaba cuando perdía dinero-
No le extrañó verle con cara de pena. Había dejado sin terminar, dos novelas y a cuenta de las mismas, cuatro mil euros, que se había gastado en un viaje, aunque no recordaba a dónde, si bien, tenía claro que no iba sola.
Ahora sí que le picó la curiosidad. Si no iba sola, ¿quién iba con ella? y donde estaba su acompañante?
Recorrió todo el tanatorio buscando un cadáver conocido. No, con un señor seguro que no. A ella le iban las mujeres. Pero todas las difuntas eran demasiado ancianas, más o menos como ella, y ella no se habría ido de viaje con una vieja achacosa.
Vio a su amiga Lupe, la más cotilla del mundo.
Sabía lo que todavía no había sucedido, pero si ella lo decía y no había pasado...pasaba.
Se acercó a preguntarla, intentó tocarla, pero que va, ella estaba en una etapa incorpórea, llena de preguntas y ahora sí, muy molesta por no poderlas hacer, con certeza Lupe, sabría decirle, quien demonios la acompañó a dilapidar los cuatro mil euros.
Y fue entonces, cuando todos se movilizaron para llevar su cuerpo al crematorio cuando la vio.
Aferrada a Pablo, casi atornillada a él , mirándolo como la chica buena y boba de las novelas de Josephine.
¡La muy cabrona que me dejó plantada en el avión! grito sin que nadie la oyese.
Ahora recordó la dureza del sillón, el cinturón de seguridad...
Y aquellos golpes en la cara, la voz gritando.
-Cristina, por favor, tranquilícese...ha sido la anestesia, debe de ser usted alérgica.
nos ha dado un susto de muerte.
-Anestesia? - Ahora no entendía nada-
-¿Dónde estoy?
-En el dentista, le estábamos introduciendo la pieza del molar y se ha puesto usted a decir cosas muy extrañas. Incluso la hemos tenido que atar al sillón, no fuese a lastimarse.
Al cabo de una hora, salió a la calle, con la cara entumecida, sin notar la boca.
Morirse había sido indoloro, y algo divertido.
Lo del dentista era otra cosa, y por si acaso, cuando se le pasara el efecto de acartonamiento, pensaba hablar seriamente con Pablo, ella no estaba para escenitas tipo Josephine.



imagen: Google


jueves, 4 de junio de 2015

LA ESPERA.


De vez en cuando, me solía acercar a una cafetería muy antigua.
Me gustaban sus mesas de mármol, el camarero de toda la vida, y sobre todo, que tenían la costumbre francesa -el dueño había sido camarero en París- de servir junto al humeante y buen café, un pequeño vaso de agua.
Aquel día en lugar de ir a media mañana, lo hice por la tarde.
Un magnífico coche paró frente a nosotros, el camarero, voló para ayudar a una elegante y preciosa anciana ciega.
Casi sin precisar ayuda, tomó asiento en el sillón de mimbre de la terraza, junto a un rincón lleno de flores.
-Qué mujer más bonita -le comenté al camarero- Debió de ser una joven muy hermosa, hoy en día rondaría los ochenta y aún lo era.
El me respondió que era una clienta fija, desde antes incluso de la guerra.
Durante la misma, había estado refugiada con unos parientes en Suiza.
Tenía una historia muy bonita, pero que como era un cliente...No estaría bien contarla.
Tardé cuatro días de insistencia y ruegos, de verla llegar a la misma hora y partir al atardecer, tan sonriente como a la llegada.
Aquella preciosa anciana, esperaba a su amor, todos los días desde su regreso, una vez finalizadas ambas guerras, la civil y la mundial.
Ciega de nacimiento. Su familia de muy buena posición hizo lo indecible para que la recuperase, pero fue inútil.
Creció junto a un muchacho de una familia amiga vecina de la Bonanova. Un barrio elegante de Barcelona.
Se enamoraron siendo adolescentes y sus padres lo recibieron con alegría.
Al llegar la guerra el muchacho fue alistado.
Hicieron un pacto, al finalizar la contienda, ganase quien ganase, se encontrarían aquí, en el mismo bar donde declararon lo mucho que se querían.
-Y ahí la tiene, todos los días viene y al oscurecer, la pasan a recoger, siempre arreglada y hermosa, sin un mal gesto.
-¡Qué pena,-exclamé- seguramente el murió en la guerra!
-No, no murió -me comentó bajando mucho la voz-
-Hace veinte años, otro coche paró después del suyo. Un chofer bajó una silla de ruedas con un hombre de unos sesenta años. No tenía piernas. Seguramente la guerra.
-Se la quedó mirando desde este mismo lugar donde está usted.
Sin hablar, por señas me pidió un café., al llevárselo, me di cuenta de que lloraba.
Nunca había visto un hombre llorar así. En silencio, como si no pasara nada.
La miraba y lloraba.
Al cabo de una hora, hizo una seña y se fue. Nunca más volvió
-Y ustedes no la dijeron nada a ella?
-Y qué la íbamos a decir? No estábamos seguros de nada, y además ¿quiénes éramos nosotros para entrometernos.
-Al menos todavía tiene ilusión. Ella le espera, siempre le está esperando.
Me levanté de la mesa con ganas de...no sé de qué.
Porque no sabía si aquello era bueno o malo, pero me dije a mi misma, lo que siempre me digo, aunque no siempre lo hago.
Ante la duda...Abstente Mabel, abstente.

imagen: Google

lunes, 16 de febrero de 2015

LA BUENA MUJER



La incomodidad del tren hacía que mirase con interés lo abrupto de aquel paisaje, que apenas recordaba.
Andrea era una buena persona, y siguió siéndolo, hasta ahora, que después de treinta años de abandono, había respondido a su carta con un "Te espero".
Se casaron siendo muy jóvenes. Ella le cuidaba tratando siempre de hacerle feliz, tuvieron a José y pareció que el mundo se ensanchaba en aquel pequeño pueblo castellano. El concesionario iba bien, hasta que apareció ella.
No sabría explicar lo que le pasó.
De repente todo se le hizo estrecho. El mundo era muy grande y él no había vivido nada fuera de aquellos campos helados, la sonrisa de su mujer y los juegos de su hijo.
Ella era el mundo, hermosa; elegante y libre.
No le importó nada, tomó todo el dinero del concesionario,una maleta y dio un empujón a su mujer cuando en vano intentó llorando y suplicándole que no los abandonase.
Cruzaron el mar, se volvió loco y vivió con ella, toda la pasión posible, hasta que el dinero se terminó y ambos se miraron como lo que eran, dos extraños desnudos.
Sobrevivió un poco en cada lado, sin saber nada de los suyos, tampoco le importó, tenía bastante con su propia desgracia.
No se dio cuenta y envejeció.
El médico se lo dijo sin suavidad..."Es grave, será mejor que avise a su familia".
No tenía a nadie, pensó en su mujer, tan buena persona, siempre lo fue.
Se puso a escribir y le tembló la mano. Treinta años, habían pasado treinta años sin decir nada, sin preguntar nada, sin saber nada ni de ella ni de su hijo.
Le mandó una nota muy escueta.
"Estoy solo y enfermo, te necesito. Viajaré desde Argentina hasta Madrid y de allí tomaré el tren hasta casa. Te pido que me perdones y me dejes regresar. Te mandaré la fecha de llegada Antonio".
Con membrete de urgencia recibió su escueta respuesta. "Te espero"
Respiró tranquilo, su delito había prescrito y ella le esperaba. Lo sabía, era una buena mujer.
Sintió un escalofrío la próxima estación, la suya. ¿Cómo estaría ella? Nunca fue gran cosa, pero bueno, el caso era no estar solo, y seguro que le cuidaría con el mismo amor que siempre.
Hacía mucho frío. El campo estaba cubierto de nieve. La estación solitaria, apenas era un pequeño apeadero, ella le estaría esperando dentro, al refugio del aire frío y cortante.
Bajó con esfuerzo la maleta. Vio como partía el tren, y buscó con la mirada a su mujer. El jefe de estación le preguntó
"Es usted Antonio Ruiz?" y al afirmarlo, le entregó un sobre.
Tal vez, no había podido ir a recibirle, seguramente se habría enfermado, algo así.
Tomó asiento en la gélida sala y abrió el sobre que decía.

Regresaba a casa después de treinta años.
"Antonio, mi madre murió hace diez años. Vendí la casa y me fui con mi familia a otro sitio. Sé que ella, te habría esperado, de hecho te espera.
Supongo que recuerdas la dirección del cementerio. José.



 imagen: Google

PERFUME



Ella camina sobre doscientos cincuenta euros, su estilo es elegante, su belleza serena. Distinguida y hermosa, camina por la ciudad en penumbra, en busca de su coche.
La noche se tapa con neblina inglesa. Hace frío, pero ella va bien abrigada.
No tiene tiempo de nada. Un brazo la atrapa contra un cuerpo extraño, grande y maloliente, introduciéndola en un portal. Le tapan la boca susurrándola al oído.
-No se mueva, no haga ni un gesto. No la pienso hacer daño ni robar. Tengo frío,
necesito su calor, cinco minutos, luego la dejo.
El hombre la huele, Exhala el caro perfume, aprieta su cuerpo contra la espalda de la mujer, sin dejar de sujetar su boca.
-Le juro que no quiero otra cosa que sentirla, dos minutos más y es todo. No tengo ninguna intención de abusar de usted, Hace tanto tiempo que no toco a una mujer, que no siento su olor. Ya la dejo, pero no grite, no se vuelva a mirarme, ni me guarde rencor. Sé que he hecho mal, entenderé que no me perdone, Ni me arrepiento ni me justifico, Le he robado cinco minutos de su tiempo. Seguro que tarda más en tomarse un café. Ahora, vayase, y recuerde, no mire hacia atrás.
Ella no le miró. Cerró los ojos y respiró sin hacer ni un gesto, por temor a enojar al hombre que la había abrazado.
Torpemente sacó el móvil del bolso.
En comisaría le dijeron que abrazar no era un delito, pero si el asalto, aunque no pudo dar datos sobre el hombre.
Era alto, robusto, y olía mal.
Mientras ella solloza en brazos del amigo que ha venido a recogerla, presa de un ataque de nervios, en un cajero, un hombre agoniza sobre cartones, oliendo en su ropa, el perfume de una mujer por última vez. 





imagen: Google

miércoles, 12 de marzo de 2014

EL AGUA Y LAS HOCES



El agua se paró a mirarme, extrañada de mi presencia. 
Yo no era como ella, ni ella como yo. Saciada su curiosidad, levantó un remolino y siguió su camino sin darme ni un saludo ni un adiós. 
La vi pararse en un recodo para probarse, un trozo de musgo verde
Se miró en una brillante hoja y decidió que aquel musgo, no iba con su imagen.
Al cruzar unos rápidos la vi mojar con sorna a unos pescadores de truchas, sin ninguna en el anzuelo y con agua dentro de las botas.
Iba de piedra en piedra, como una adolescente, de novio en novio.
Una pequeña catarata le hizo saltar vestida de espuma blanca, carnavalesca y erótica, me salpicó el pecho dejándome la blusa pegada a mis pezones, que erectos, simularon estar en pie de guerra, aunque sin guerrera que hiciese poner el cuerpo a tierra.
La vi reírse de mi aspecto, de la agitación de mi pecho, del ardor de mi sexualidad.
La montaña se abrió de piernas para darle paso, mientras ella cantaba ruidosa la entrada a sus hoces, dejándome húmeda y sola.

imagen: Google

jueves, 6 de febrero de 2014

EL REGRESO



Miraba el mar. La furiosa embestida de las olas contra el acantilado. La enorme similitud entre el romper blanco de la espuma contra la caliza roca y el crepitar de los troncos en el fuego del hogar. 
El fuego y el agua. Lo opue
sto.
Se dejó mojar, sintiéndose parte de aquella furiosa naturaleza.
¿En qué momento había dejado de serlo?
No sabría decirlo.
Amaba con la misma furia que el mar, con igual ternura lamia la boca amada, como el acariciaba la arena, ola a ola, lenta y cálidamente.
El amor era como ella, o ella era como el amor. Loco e impredecible…
No supo cuánto tiempo estuvo allí.
Miraba el oleaje respirando la enormidad, sintiéndose más fuerte que nunca, mas excitada, más poderosa y a la vez débil.
Una ola la empujó contra las rocas. Un dolor intenso en la cabeza, su mano llena de sangre y el mareo inesperado le dieron la primera señal.
Se quitó el abrigo e hizo caso omiso de las voces que gritaban advirtiéndola.
Sabía que vendría a buscarla con la ola más hermosa y precisa. Volvería al origen, regresaría a casa, con el único amor que nunca le reprochó nada y le devolvió la vida tantas veces.
Le vio venir. Abrió los brazos y se dejó llevar al otro lado del azul, donde las rocas no iban a lastimarla nunca más. 

jueves, 9 de enero de 2014

LA CARRERA


Corrió tras ella hasta que los pulmones no le dieron más de sí. 
Aterida de frío, moqueando, tragándose el olor a gasoil, tuvo un acceso de tos hasta casi reventarse el estómago. 
Se sentó en la acera jadeando. 
Limpió sus ojos,
 con el pañuelo de papel arrugado
mientras veía alejarse el autobús,
con su chaqueta recién comprada en el asiento.

lunes, 9 de diciembre de 2013

LA MASCARA

De improviso hubo un apagón general.
Tanteando por las paredes, inicié mi camino hacia la cocina en busca de una vela, de repente tropecé con algo, di con mi cara en la pared.
Oí un gemido al tiempo que pisé algo viscoso con mi pie derecho, lo levanté asustada sin atreverme a dar ni un paso más.
Regresó la luz y entonces la vi.
Se me había caído mi máscara.

Ella estaba destrozada y yo, desnuda.

martes, 14 de mayo de 2013

YO AME A UN GORRIÓN



Desde pequeña amo a los gorriones. 
En Berga, una ciudad famosa en muchas partes del mundo por su PATUM, una fiesta muy especial, hubo una tormenta grandiosa, cientos de pájaros se quedaron sin nidos y sin crías. 
Tenía ocho años.
Pasé por la rambla y entre las ramas caídas de los árboles, un pequeño gorrión piaba desconsolado. Lo tome entre mis manos y lo llevé a casa.
Mi madre nos miró con tristeza, diciéndome "No vivirá, cariño, es demasiado pequeño, necesita a su mamá".
Ni me prohibió tenerlo ni me dio esperanzas de que pudiese sobrevivir, pero lo hizo, o mejor dicho ¡Lo hicimos él y yo!.
Fue creciendo.
Comía de mi boca, dormitaba sobre mi pecho, de alguna manera éramos amigos. Daba saltos intentando volar y mi madre me miraba por encima del libro que leía, hasta que un día me lo dijo. "Tienes que dejarlo ir".
Creo que no quise oírla, pero la oí. Salí al patio con él y lo lancé con cuidado, corriendo para ir a recogerlo. No recuerdo las veces que intentó volar, pero finalmente lo hizo.
Dio un montón de giros a mi alrededor hasta posarse en mi hombro. Subí contenta.
Dejé de estarlo al ver el rostro serio de mi madre. Sin que me hablase la entendí. "Ahora, cariño, ahora".
Abrí la ventana llorando, me decía a mí misma..."Se morirá sin mí, pasará frío. Él no sabe comer solo" pero seguí abriendo la ventana, llorando en silencio.
Lo puse en mi mano y lo lancé al aire, a su medio, a su libertad. Voló y mi madre cerró la ventana inmediatamente, mientras me abrazaba.
No tardó nada en regresar. Miraba a través de los cristales, como esperando que le abriese la puerta de su casa, pero ella, siguió diciéndome " Si realmente le quieres, no le abras, se fuerte".
Yo no era fuerte, sólo era una niña sin amigos, con la puerta de la libertad fuera de mi alcance, pero él era libre por amor.
Tardó una hora en irse, pero se fue, a su mundo a su cielo.
Yo me quedé presa tras los cristales y huérfana de un gorrión que supo volar mientras yo, desde el suelo, lloraba su ausencia y mi prisión.
¡Buenos días, mis amigos gorriones!

mabel escribano
(cc)copyright -derechos registrados

miércoles, 9 de enero de 2013

FRENTE AL FUEGO



Me he sentado aquí frente a la chimenea con un libro en la mano para escuchar crepitar los troncos. 
En casa de mi hermana, solemos hacerlo por estas fechas. Ambas leemos con hambre y de vez en cuando, nos miramos con compl
icidad.
Tiene el fuego del hogar, ese algo mágico. Ese abrazarse de alguna manera, al calor y al cariño de los que te rodean. Podemos pasarnos horas, viendo los troncos enrojecer, chisporrotear al tiempo que sonreímos haciéndonos gestos sobre cómo es de bueno o malo, el libro que estamos leyendo.
Hay momentos que se recuerdan con una sonrisa en los labios, momentos como estos junto al fuego. En ocasiones, poniendo junto a las brasas una rebanada de pan, para tostarlo y sentir el suave crujir entre los dientes y es entonces, cuando me viene a la memoria la ancestral costumbre de explicar cuentos junto al fuego.
Fue una Navidad llena de penurias y hambre, una Navidad sin nada para comer, salvo el chascarrillo de mi tío, diciendo "Cenaremos chorizos a la sombra" que consistía en "Se pone el plato debajo de una bombilla, un chorizo y todos pasáis a recibir, la sombra del chorizo", os pondréis tibios de comer. Nos pusimos "tibios" de frío y hambre, hasta que un buen hombre, trajo unos troncos y pudimos hacer un buen fuego en aquel hogar sin nada, salvo unas rebanadas de pan que pusimos cerca de las brasas y la distracción del hambre a base de contarnos un cuento y otro cuento, hasta que los propios cuentos, se fueron a dormir dejándonos solos. 


martes, 8 de enero de 2013

EXTRAÑO EN EL CIELO


Dijo que venía del cielo, de ese que tantos ansían alcanzar
y no parece que muchos logren.
El volvió de allí, no le gustaba el blanco porque siempre había estado
sucio de tierra, de hambre, de miseria. Aquella cosa tan limpia, le daba como pena.
No se encontraba a gusto en aquel sitio. Le pidió a la luz que le dejase ir
que "aquello" no era para él. Demasiados remilgos, mucho silencio de paraíso
A él le gustaba el jaleo, la bullanga de calle, los coches y olor de las putas, tan perfumadas ellas que casi morías, del bofetón a colonia barata, pero tan conocida, que te daba hasta gusto marearse.
No supo cuánto tiempo estuvo allí. Todos le miraban como a un bicho raro. Ellos tan limpios por todas partes y él, que no quiso quitarse la ropa ni taparse la sangre que los dos tiros le sacaron de dentro. Aunque, ahora no se le veían los agujeros.
Estaba contento de haberse puesto en medio del fregado, porque Martín no sufrió daño, lo vio llorando, con los mocos fuera mientras le subían en el carro de la funeraria.
A Martín, pobrecito, aquellos salvajes no le hicieron nada.
Esa gentuza que mataba críos sin familia, por dinero.
De súbito se calló, incorporándose como si hubiese recordado algo.
No me dijo su nombre, sólo que no quiso quedarse allí arriba, que no se le había perdido nada entre aquella gente tan rara.
Me sonrió y yo me quedé como traspuesta sin poder pensar en nada o pensando tanto
que me perdí en el paraíso de su cuento.

Mabel Escribano 

jueves, 6 de diciembre de 2012

REGRESO DE UN CORTISIMO VIAJE


Muerta de frío en la estación, maldiciendo el viento del norte, escucho los gritos de los niños, al fondo, sobre el césped artificial  del campo de deportes.
El desesperado esfuerzo de una mujer africana por hacerse escuchar por el teléfono obsoleto,  gritando a un tal Ali.
Tres muchachos peinados como gallos, con crestas y encrestados, discutiendo el saldo de un único móvil.
Un intelectual con Tolstoi, bajo el peso de Guerra y Paz,   sujetándole a él, extremadamente delgado, con peligro de volar pese a su coleta y su perilla. Me pregunto ¿Quién puede leer en el tren Guerra y Paz?...evidentemente, él puede.
Unas manos desgranan las cuentas de un extraño rosario. Manos ancianas, aradas como campos, surcos.  Granos pasando por entre los dedos de un anciano tibetano vestido de azafrán absorto sin un gesto que denote frío.
Temblando embasto unos con otros. hilo de tiritona,  aguja de prisa por llegar a casa.
Pensamiento de café caliente o sopa. Memoria de abrazos amigos y un frío inesperado en el alma, robándole al cuerpo su protagonismo.
Me sorprende el tren por el lado contrario al que espero, giro mi cuerpo y subo al calor de un vagón con calefacción.  Regreso a casa. Me abrigo con la memoria de las horas pasadas.
Soy un presente en el tren. En los cristales de las ventanillas, ya no hay aquella marca "Luna pulida cristañola".
Dentro de mí, la niña aplasta la nariz mirando las luces. Las estrellas han bajado a dormir a la tierra...La voz de mi padre rectifica mi sueño...No hija, sólo son bombillas...sólo bombillas.

Mabel Escribano

domingo, 7 de octubre de 2012

CARTA SIN DESTINO



Te extraño en la cocina. Sobre todo, porque no se calcular comida para una sola persona.
Una se acostumbra a todo, a las medidas, a los dos platos; las dos cucharas; los dos cepillos de dientes y ahora...no sé si poner l

a pasta en el vaso, para que mi cepillo no se encuentre tan solo.
Lo de la cama, al principio fue peor, porque compramos las almohadas distintas, la mía dura..la tuya blanda.., te llevaste la dura por error y me ha costado mucho dormir estas primeras noches...quitándola, poniéndola.
Al volverme de lado, intentaba coger tu mano, encontrar tu cadera para apoyarla en la mía y entonces, me daba cuenta de que no estabas.
Encendía la luz, para cerciorarme y tomaba el mismo libro, con el que intenté dormirme a las once de la noche, ahora a las cuatro de la madrugada.
Te tengo que llamar y no me atrevo...porque no quiero que pienses...que creas...
Tengo que hablar contigo porque te has dejado la manta de tu abuela, esa sin la que no sabes dormir...el invierno está entrando y sé muy bien que si no te aferras a ella, te costará conciliar el sueño.
Tengo que avisar al fontanero. El grifo que apretaste, sigue perdiendo. Claro, pese a todo, tú no tienes la fuerza de un hombre.
Hoy hace un mes que me dejaste.
En la factura del teléfono están las llamadas que le hiciste a ella.

Mabel Escribano
Derechos Reservados