MI MUNDO ES EL TEATRO

lunes, 9 de diciembre de 2013

LA MASCARA

De improviso hubo un apagón general.
Tanteando por las paredes, inicié mi camino hacia la cocina en busca de una vela, de repente tropecé con algo, di con mi cara en la pared.
Oí un gemido al tiempo que pisé algo viscoso con mi pie derecho, lo levanté asustada sin atreverme a dar ni un paso más.
Regresó la luz y entonces la vi.
Se me había caído mi máscara.

Ella estaba destrozada y yo, desnuda.

martes, 14 de mayo de 2013

YO AME A UN GORRIÓN



Desde pequeña amo a los gorriones. 
En Berga, una ciudad famosa en muchas partes del mundo por su PATUM, una fiesta muy especial, hubo una tormenta grandiosa, cientos de pájaros se quedaron sin nidos y sin crías. 
Tenía ocho años.
Pasé por la rambla y entre las ramas caídas de los árboles, un pequeño gorrión piaba desconsolado. Lo tome entre mis manos y lo llevé a casa.
Mi madre nos miró con tristeza, diciéndome "No vivirá, cariño, es demasiado pequeño, necesita a su mamá".
Ni me prohibió tenerlo ni me dio esperanzas de que pudiese sobrevivir, pero lo hizo, o mejor dicho ¡Lo hicimos él y yo!.
Fue creciendo.
Comía de mi boca, dormitaba sobre mi pecho, de alguna manera éramos amigos. Daba saltos intentando volar y mi madre me miraba por encima del libro que leía, hasta que un día me lo dijo. "Tienes que dejarlo ir".
Creo que no quise oírla, pero la oí. Salí al patio con él y lo lancé con cuidado, corriendo para ir a recogerlo. No recuerdo las veces que intentó volar, pero finalmente lo hizo.
Dio un montón de giros a mi alrededor hasta posarse en mi hombro. Subí contenta.
Dejé de estarlo al ver el rostro serio de mi madre. Sin que me hablase la entendí. "Ahora, cariño, ahora".
Abrí la ventana llorando, me decía a mí misma..."Se morirá sin mí, pasará frío. Él no sabe comer solo" pero seguí abriendo la ventana, llorando en silencio.
Lo puse en mi mano y lo lancé al aire, a su medio, a su libertad. Voló y mi madre cerró la ventana inmediatamente, mientras me abrazaba.
No tardó nada en regresar. Miraba a través de los cristales, como esperando que le abriese la puerta de su casa, pero ella, siguió diciéndome " Si realmente le quieres, no le abras, se fuerte".
Yo no era fuerte, sólo era una niña sin amigos, con la puerta de la libertad fuera de mi alcance, pero él era libre por amor.
Tardó una hora en irse, pero se fue, a su mundo a su cielo.
Yo me quedé presa tras los cristales y huérfana de un gorrión que supo volar mientras yo, desde el suelo, lloraba su ausencia y mi prisión.
¡Buenos días, mis amigos gorriones!

mabel escribano
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miércoles, 9 de enero de 2013

FRENTE AL FUEGO



Me he sentado aquí frente a la chimenea con un libro en la mano para escuchar crepitar los troncos. 
En casa de mi hermana, solemos hacerlo por estas fechas. Ambas leemos con hambre y de vez en cuando, nos miramos con compl
icidad.
Tiene el fuego del hogar, ese algo mágico. Ese abrazarse de alguna manera, al calor y al cariño de los que te rodean. Podemos pasarnos horas, viendo los troncos enrojecer, chisporrotear al tiempo que sonreímos haciéndonos gestos sobre cómo es de bueno o malo, el libro que estamos leyendo.
Hay momentos que se recuerdan con una sonrisa en los labios, momentos como estos junto al fuego. En ocasiones, poniendo junto a las brasas una rebanada de pan, para tostarlo y sentir el suave crujir entre los dientes y es entonces, cuando me viene a la memoria la ancestral costumbre de explicar cuentos junto al fuego.
Fue una Navidad llena de penurias y hambre, una Navidad sin nada para comer, salvo el chascarrillo de mi tío, diciendo "Cenaremos chorizos a la sombra" que consistía en "Se pone el plato debajo de una bombilla, un chorizo y todos pasáis a recibir, la sombra del chorizo", os pondréis tibios de comer. Nos pusimos "tibios" de frío y hambre, hasta que un buen hombre, trajo unos troncos y pudimos hacer un buen fuego en aquel hogar sin nada, salvo unas rebanadas de pan que pusimos cerca de las brasas y la distracción del hambre a base de contarnos un cuento y otro cuento, hasta que los propios cuentos, se fueron a dormir dejándonos solos. 


martes, 8 de enero de 2013

EXTRAÑO EN EL CIELO


Dijo que venía del cielo, de ese que tantos ansían alcanzar
y no parece que muchos logren.
El volvió de allí, no le gustaba el blanco porque siempre había estado
sucio de tierra, de hambre, de miseria. Aquella cosa tan limpia, le daba como pena.
No se encontraba a gusto en aquel sitio. Le pidió a la luz que le dejase ir
que "aquello" no era para él. Demasiados remilgos, mucho silencio de paraíso
A él le gustaba el jaleo, la bullanga de calle, los coches y olor de las putas, tan perfumadas ellas que casi morías, del bofetón a colonia barata, pero tan conocida, que te daba hasta gusto marearse.
No supo cuánto tiempo estuvo allí. Todos le miraban como a un bicho raro. Ellos tan limpios por todas partes y él, que no quiso quitarse la ropa ni taparse la sangre que los dos tiros le sacaron de dentro. Aunque, ahora no se le veían los agujeros.
Estaba contento de haberse puesto en medio del fregado, porque Martín no sufrió daño, lo vio llorando, con los mocos fuera mientras le subían en el carro de la funeraria.
A Martín, pobrecito, aquellos salvajes no le hicieron nada.
Esa gentuza que mataba críos sin familia, por dinero.
De súbito se calló, incorporándose como si hubiese recordado algo.
No me dijo su nombre, sólo que no quiso quedarse allí arriba, que no se le había perdido nada entre aquella gente tan rara.
Me sonrió y yo me quedé como traspuesta sin poder pensar en nada o pensando tanto
que me perdí en el paraíso de su cuento.

Mabel Escribano