MI MUNDO ES EL TEATRO

miércoles, 9 de enero de 2013

FRENTE AL FUEGO



Me he sentado aquí frente a la chimenea con un libro en la mano para escuchar crepitar los troncos. 
En casa de mi hermana, solemos hacerlo por estas fechas. Ambas leemos con hambre y de vez en cuando, nos miramos con compl
icidad.
Tiene el fuego del hogar, ese algo mágico. Ese abrazarse de alguna manera, al calor y al cariño de los que te rodean. Podemos pasarnos horas, viendo los troncos enrojecer, chisporrotear al tiempo que sonreímos haciéndonos gestos sobre cómo es de bueno o malo, el libro que estamos leyendo.
Hay momentos que se recuerdan con una sonrisa en los labios, momentos como estos junto al fuego. En ocasiones, poniendo junto a las brasas una rebanada de pan, para tostarlo y sentir el suave crujir entre los dientes y es entonces, cuando me viene a la memoria la ancestral costumbre de explicar cuentos junto al fuego.
Fue una Navidad llena de penurias y hambre, una Navidad sin nada para comer, salvo el chascarrillo de mi tío, diciendo "Cenaremos chorizos a la sombra" que consistía en "Se pone el plato debajo de una bombilla, un chorizo y todos pasáis a recibir, la sombra del chorizo", os pondréis tibios de comer. Nos pusimos "tibios" de frío y hambre, hasta que un buen hombre, trajo unos troncos y pudimos hacer un buen fuego en aquel hogar sin nada, salvo unas rebanadas de pan que pusimos cerca de las brasas y la distracción del hambre a base de contarnos un cuento y otro cuento, hasta que los propios cuentos, se fueron a dormir dejándonos solos. 


martes, 8 de enero de 2013

EXTRAÑO EN EL CIELO


Dijo que venía del cielo, de ese que tantos ansían alcanzar
y no parece que muchos logren.
El volvió de allí, no le gustaba el blanco porque siempre había estado
sucio de tierra, de hambre, de miseria. Aquella cosa tan limpia, le daba como pena.
No se encontraba a gusto en aquel sitio. Le pidió a la luz que le dejase ir
que "aquello" no era para él. Demasiados remilgos, mucho silencio de paraíso
A él le gustaba el jaleo, la bullanga de calle, los coches y olor de las putas, tan perfumadas ellas que casi morías, del bofetón a colonia barata, pero tan conocida, que te daba hasta gusto marearse.
No supo cuánto tiempo estuvo allí. Todos le miraban como a un bicho raro. Ellos tan limpios por todas partes y él, que no quiso quitarse la ropa ni taparse la sangre que los dos tiros le sacaron de dentro. Aunque, ahora no se le veían los agujeros.
Estaba contento de haberse puesto en medio del fregado, porque Martín no sufrió daño, lo vio llorando, con los mocos fuera mientras le subían en el carro de la funeraria.
A Martín, pobrecito, aquellos salvajes no le hicieron nada.
Esa gentuza que mataba críos sin familia, por dinero.
De súbito se calló, incorporándose como si hubiese recordado algo.
No me dijo su nombre, sólo que no quiso quedarse allí arriba, que no se le había perdido nada entre aquella gente tan rara.
Me sonrió y yo me quedé como traspuesta sin poder pensar en nada o pensando tanto
que me perdí en el paraíso de su cuento.

Mabel Escribano