MI MUNDO ES EL TEATRO

sábado, 20 de junio de 2015

SOLO SE MUERE UNA VEZ

Aquello de morirse, no le había dolido nada. 
Ciertamente no recordaba cómo había sido, pero que estaba muerta, era evidente. Tenía frente a si su cadáver, a sus hijos y amigos con caras largas y a dos o tres personas muy amadas, que no estaban para atender a nadie, ni tan siquiera a sus restos. 
Sin sorpresas se dio cuenta de que no le habían hecho ningún caso -claro que nunca se lo hicieron- Siempre dijo que no quería flores...y toma ramos y más ramos, que no quería himnos, y no paraba de sonar algo así como el hilo musical en clásico y con ruidos metálicos de fondo.
A ella lo que le gustaba era el Jazz, o el blues...eso un blues llorado por Etta James o Bessie Smith.
En fin ni muerta podía tener  lo que había pedido.
Vio con espanto ir de llorona a Josephine, que de no haber muerto (seguía sin recordar cómo) habría sido capaz de envenenarla con uno de sus lamentables escritos.
Realmente eran letales, regalar un libro de Josephine era jugar a envenenar rápidamente con las intragables historias.
Tenía éxito la mala pécora, aunque siempre escribía el mismo tema, con diferentes situaciones geográficas. La gente compraba sus libros y ella alardeaba de ello con una soberana, lógica e inaguantable prepotencia, si bien, seguía envidiando a quienes con menos ventas, eran tratados como mejores escritores.
Siempre la misma historia:
Chica buena se enamora de hombre muy hombre (cosa normal, no va a ser un hombre muy mujer, salvo que fuese gay) pero no, ella siempre tan hetero, decía que chica buena...y entonces sale la chica mala malísima, pero libidinosa, descarada y además, un bellezón imposible de describir.
Cambiando de Chicago a Honolulú o poniendo el triángulo en el siglo XVIII, reescribía la misma historia o hacía copia y pega en el ordenador.
Vio entrar cariacontecido a su editor.
Secándose el sudor -siempre sudaba cuando perdía dinero-
No le extrañó verle con cara de pena. Había dejado sin terminar, dos novelas y a cuenta de las mismas, cuatro mil euros, que se había gastado en un viaje, aunque no recordaba a dónde, si bien, tenía claro que no iba sola.
Ahora sí que le picó la curiosidad. Si no iba sola, ¿quién iba con ella? y donde estaba su acompañante?
Recorrió todo el tanatorio buscando un cadáver conocido. No, con un señor seguro que no. A ella le iban las mujeres. Pero todas las difuntas eran demasiado ancianas, más o menos como ella, y ella no se habría ido de viaje con una vieja achacosa.
Vio a su amiga Lupe, la más cotilla del mundo.
Sabía lo que todavía no había sucedido, pero si ella lo decía y no había pasado...pasaba.
Se acercó a preguntarla, intentó tocarla, pero que va, ella estaba en una etapa incorpórea, llena de preguntas y ahora sí, muy molesta por no poderlas hacer, con certeza Lupe, sabría decirle, quien demonios la acompañó a dilapidar los cuatro mil euros.
Y fue entonces, cuando todos se movilizaron para llevar su cuerpo al crematorio cuando la vio.
Aferrada a Pablo, casi atornillada a él , mirándolo como la chica buena y boba de las novelas de Josephine.
¡La muy cabrona que me dejó plantada en el avión! grito sin que nadie la oyese.
Ahora recordó la dureza del sillón, el cinturón de seguridad...
Y aquellos golpes en la cara, la voz gritando.
-Cristina, por favor, tranquilícese...ha sido la anestesia, debe de ser usted alérgica.
nos ha dado un susto de muerte.
-Anestesia? - Ahora no entendía nada-
-¿Dónde estoy?
-En el dentista, le estábamos introduciendo la pieza del molar y se ha puesto usted a decir cosas muy extrañas. Incluso la hemos tenido que atar al sillón, no fuese a lastimarse.
Al cabo de una hora, salió a la calle, con la cara entumecida, sin notar la boca.
Morirse había sido indoloro, y algo divertido.
Lo del dentista era otra cosa, y por si acaso, cuando se le pasara el efecto de acartonamiento, pensaba hablar seriamente con Pablo, ella no estaba para escenitas tipo Josephine.



imagen: Google


jueves, 4 de junio de 2015

LA ESPERA.


De vez en cuando, me solía acercar a una cafetería muy antigua.
Me gustaban sus mesas de mármol, el camarero de toda la vida, y sobre todo, que tenían la costumbre francesa -el dueño había sido camarero en París- de servir junto al humeante y buen café, un pequeño vaso de agua.
Aquel día en lugar de ir a media mañana, lo hice por la tarde.
Un magnífico coche paró frente a nosotros, el camarero, voló para ayudar a una elegante y preciosa anciana ciega.
Casi sin precisar ayuda, tomó asiento en el sillón de mimbre de la terraza, junto a un rincón lleno de flores.
-Qué mujer más bonita -le comenté al camarero- Debió de ser una joven muy hermosa, hoy en día rondaría los ochenta y aún lo era.
El me respondió que era una clienta fija, desde antes incluso de la guerra.
Durante la misma, había estado refugiada con unos parientes en Suiza.
Tenía una historia muy bonita, pero que como era un cliente...No estaría bien contarla.
Tardé cuatro días de insistencia y ruegos, de verla llegar a la misma hora y partir al atardecer, tan sonriente como a la llegada.
Aquella preciosa anciana, esperaba a su amor, todos los días desde su regreso, una vez finalizadas ambas guerras, la civil y la mundial.
Ciega de nacimiento. Su familia de muy buena posición hizo lo indecible para que la recuperase, pero fue inútil.
Creció junto a un muchacho de una familia amiga vecina de la Bonanova. Un barrio elegante de Barcelona.
Se enamoraron siendo adolescentes y sus padres lo recibieron con alegría.
Al llegar la guerra el muchacho fue alistado.
Hicieron un pacto, al finalizar la contienda, ganase quien ganase, se encontrarían aquí, en el mismo bar donde declararon lo mucho que se querían.
-Y ahí la tiene, todos los días viene y al oscurecer, la pasan a recoger, siempre arreglada y hermosa, sin un mal gesto.
-¡Qué pena,-exclamé- seguramente el murió en la guerra!
-No, no murió -me comentó bajando mucho la voz-
-Hace veinte años, otro coche paró después del suyo. Un chofer bajó una silla de ruedas con un hombre de unos sesenta años. No tenía piernas. Seguramente la guerra.
-Se la quedó mirando desde este mismo lugar donde está usted.
Sin hablar, por señas me pidió un café., al llevárselo, me di cuenta de que lloraba.
Nunca había visto un hombre llorar así. En silencio, como si no pasara nada.
La miraba y lloraba.
Al cabo de una hora, hizo una seña y se fue. Nunca más volvió
-Y ustedes no la dijeron nada a ella?
-Y qué la íbamos a decir? No estábamos seguros de nada, y además ¿quiénes éramos nosotros para entrometernos.
-Al menos todavía tiene ilusión. Ella le espera, siempre le está esperando.
Me levanté de la mesa con ganas de...no sé de qué.
Porque no sabía si aquello era bueno o malo, pero me dije a mi misma, lo que siempre me digo, aunque no siempre lo hago.
Ante la duda...Abstente Mabel, abstente.

imagen: Google